La Filarmónica de Berlín se lució con el mítico “sonido Berlín”, empastado, suntuoso y finísimamente pulido
En su segunda y última función en el Teatro Colón, la orquesta dirigida por Kirill Petrenko interpretó obras de Elgar y Chaikovski.

La Filarmónica de Berlín cerró su paso por Buenos Aires con un concierto que dejó una marca profunda en el público del Teatro Colón. La segunda función de la orquesta, realizada anoche, fue una experiencia trascendente que combinó la excelencia técnica de sus integrantes con una comunión artística pocas veces vista.
El programa arrancó con las Variaciones sobre un tema original, Enigma, de Edward Elgar, donde las cuerdas expusieron el tema con sutileza. Las catorce variaciones, dedicadas al círculo íntimo del compositor británico, permitieron apreciar la potencia y la variedad de dinámicas que la orquesta puede desplegar. La duodécima variación conmovió especialmente por el solo de cello de Bruno Delepelaire, que se fundió con toda la fila en una respiración colectiva. Nimrod, otra de las variaciones, mostró cómo el sonido se infla de a poco sin desarmarse tras el clímax.

El mítico “sonido Berlín”, empastado, suntuoso y finísimamente pulido, fue el gran protagonista de la noche. Bajo la batuta de Kirill Petrenko, los músicos disfrutaron y se comprometieron espiritualmente con cada pasaje. Petrenko, maestro en el control de los detalles y en dar espacio para que los instrumentos respiren y canten, cultivó los contrastes y las transiciones con devoción.
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a la cuarta sinfonía en fa menor de Chaikovski, ideal para apreciar la tridimensionalidad sonora de la orquesta. El Andante sostenuto inicial fue un caleidoscopio de recursos técnicos y expresivos, mientras que el segundo movimiento, con el canto del oboe a cargo de Albrecht Mayer, tejió una cadena mágica de solos entrelazados. En el Scherzo, las cuerdas funcionaron como un único instrumento gigantesco, con una regulación dinámica perfecta.
El Finale llevó a un nuevo clímax que desató una ovación en la sala prácticamente llena. Como bis, la orquesta regaló un delicioso Trepak, la danza rusa de El cascanueces, en una noche que celebró la música como el lazo más trascendente de comunión humana.

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Fuente consultada: Clarín. Nota de redacción propia de ColorMusic Argentina.





